El 11 de abril de 1870, el gobernador de la provincia de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, fue asesinado en su palacio. El presidente de la República, Nicolás Avellaneda, escribió una proclama condenando el asesinato. La proclama fue publicada en el tomo XXI de las Obras de Sarmiento. El texto de la proclama es idéntico al del borrador del ministro de Justicia e Instrucción Pública, Nicolás Avellaneda. Sin embargo, la segunda parte del texto es bien diferente. La invocación inicial del texto del ministro tucumano a sus conciudadanos es idéntica al texto que publicaría Sarmiento en tanto reconstrucción y descripción del atroz hecho delictivo. El Gobernador de Entre Ríos fue muerto por los asesinos al caer las primeras sombras de la noche, rodeado por sus hijas, que intentaban sustraerlo a los puñales, y sin que la presencia de un solo hombre pudiese dar a ese acto la apariencia de un combate. La Legislatura se reúne después, bajo el estupor de este crimen, y estando presentes los que lo habían cometido elige, cediendo a sus intimidaciones, al general López Jordán Gobernador de la Provincia, pro el tiempo que faltaba a aquel a quien hizo matar. El asesinato era así sancionado por este acto como medio legítimo para la sucesión en el mando. Sin embargo, bien diferentes son ambas versiones de la más medular segunda parte del texto. En efecto, no solo algo más de veinte años de vida y la condición de Presidente de la República separan al autor del borrador de la proclama, firmada finalmente por la más alta autoridad política del país para condenar la violencia. Pero se trataba, clara, nada más y nada menos, que de Domingo F. Sarmiento, alguien que sabía cómo hacer palabras pero, fundamentalmente y parafraseando al gran filósofo del lenguaje Austin, de alguien que sabía cómo hacer cosas con palabras. La segunda parte del texto -no más extensa que la del borrador-, es bien otra. Radicalmente bien otra.